sábado, 3 de septiembre de 2011

Huellas en la arena

Solo guarda una foto suya...En las frías noches de invierno, cuando por las calles solo hay frío y desesperanza, aquel joven ceniciento recorre con la mirada aquella luz indeleble que el tiempo ha encargado de inmortalizar en su memoria. Aquella luz infinita de la mirada de la mujer que ama, a escondidas y en silencio, en su más íntima soledad.
Apoyada en una barandilla que se erige enhiesta ante el paso del tiempo, la joven de los cabellos de oro mira de soslayo a la cámara con una media sonrisa, entre melancólica y risueña. El vestido que cubre su anatomía deja en la mirada del que lo admira retales de primavera, transportándole a aquel jardín fotografiado donde el perfume de azahar y el tiempo se detuvieron aquella tarde de verano.



Aprendió a amarla poco a poco, descubrió en ella todos los secretos de las mujeres de su vida, supo el por qué de la existencia y palpó el irreductible lazo que nos une a vivir. Besó sus labios de mil maneras sobre la arena, acarició cada centímetro de su cuerpo, exploró mares y océanos y sintió su cuerpo latir, derretirse y estallar en cien explosiones sutiles.
Aquella última noche también sentía que se iba y que poco a poco se esfumaba entre sus brazos...Veía cómo los ojos de la mujer que amaba reflejaban tristeza e impotencia, una cierta nostalgia; vio nuevos rumbos, nuevos aires en ellos. Supo que la quería, con toda su alma.
Como dos espectros escapados de la noche que muere recorrieron de la mano la orilla de aquella playa. No les quedaba nada por decir. El faro centelleaba al otro lado de la ciudad y sintió celos de aquella luz deslizándose despacio por sus pies, sus muslos, sus caderas, su espalda.Parecía como si le advirtiera de una costa cercana, un inminente peligro de encallar súbitamente para siempre, que traducido al lenguaje del amor sería algo así como "cuidado chaval, que te estás enamorando".
Sentía que se apagaba el pulso y en un suave susurro la escuchó decir "Te quiero". Y esas palabras sonaron como un canto celestial, las recibió con un golpe de sangre al corazón y la miró calladamente, con un nudo en la garganta. Acompañó a los pies que amaba a la estación, a aquel tren que la alejaría para siempre, con la certeza de que jamás volvería a verla, jamás la volvería a tener.
Las playas de la tacita, la Cárcel Real, la Catedral...fueron testigos de los últimos retales de ese amor de verano.

El camino de vuelta lo pasó maldiciendo al destino, por el mismo sitio por donde la había llevado de la mano antes, solo acompañado por su soledad...Fue el peor paseo de su vida, el de mayor tristeza. Sintió ganas de llorar, o de morir, o de desafiar al mundo ante tal vileza.Maldijo los mares, los viajes, y las idas y venidas. Casi sin fuerzas para mantenerse en pie, se sentó en la arena húmeda y se percató que por ahí mismo habían pasado antes. Junto a la inconfundible huella de sus zapatillas deportivas vio que aún seguían las huellas de ella, de aquellos menudos pies que habían acompañado su camino. Se sentó y las palpó, como si ella estuviera allí. Y por un solo instante fue feliz, aquellas huellas la mantenían cerca, como si aún no se hubiera ido. Esa fue la última vez que la sintió.


Andrés J. Sánchez

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