domingo, 9 de octubre de 2011

Encuentro en el bar

Habían quedado en aquel tugurio oscuro y polvoriento bien llamado, dicho sea de paso, “bar el boquete”. Es uno de los comúnmente calificados bares de mala muerte donde ésta puede llegar lo mismo por una indigestión que por un espinazo de pez borracho atragantado. En las paredes colgaban unos cuadros que parecían escalar hasta una cima imaginaria, escapando de la fritanga y del olor a betún. Los colores azules y amarillos se repetían una y otra vez, en alegóricas estampas, jóvenes “Mágicos”, “Juan Josés”,”amarillos” y “Superpacos”… Y la imagen del estadio Ramón de Carranza lucía orgullosa entre unos coquetos edificios que aún se conservan entre tanta especulación inmobiliaria.


En la misma mesa destartalada donde años antes empezaron sus tertulias, dos amigos se dan la mano insistentemente y con denuedo ante la atenta mirada del zarrapastroso Pepe “el vinagre” que, descuidando su negocio, pasa horas entre vidrios y gin tonics, espiando al respetable, en busca de una sonrisa cómplice o una propina abandonada.

-Cómo has cambiado maldito cabrón…- Rompe el hielo Gregorio, esperando una respuesta ingeniosa de su otrora contrincante y amigo Luis.

-Veo que por tí, sin embargo, no pasan los años. Aún no entiendo cómo puedes seguir luciendo ese pelazo…
Lo que no sabía Luis es que no era tal el palamen que lucía su interlocutor: Hacía años que cubría su cabeza un pelo artificial, importado de China, en uno de los miles de containers que ahora vienen desde ese país. Algún día un exportador chino comenzó recibiendo el encargo de un lote de pelucas que ahora se repartían por las calvas señoriales de buena parte de España. “¿Tú quelel pelo? Yo mando pelo. Pelo del bueno, oiga”.

Y es que muchas cosas habían cambiado en el país. Aquel taller artesano donde con tanto esmero se fabricaban las pelucas con denominación de origen ya había cerrado hace algún tiempo, ante la amenaza del gigante asiático. Lucas, el maestro artesano, cerró el negocio y dicen las lenguas del lugar que ya no se le vio el pelo.

Sobre este y muchos otros asuntos continuaron debatiendo y charlando, dando ebria cuenta de las botellas de Jerez que desfilan estoicas sobre su mesa, inundando sus gaznates de sabor de campiña jerezana.

Hace años, cuando aún latían en sus venas ese gigante indomable y poderoso llamado juventud, nuestros dos amigos se reunían cada semana, después de sus clases, para pasar severa o displicente revista a los políticos que por aquel entonces les tocaban sufrir. O vanagloriar a aquellos que tenían el honor de defender. Y por sus bocas salían harapos sobre unos, liras y rosas sobre otros. Enaltecían sobre pedestales de claveles a estos, empujaban a las mayores oscuridades del infierno a aquellos y, de no ser porque ambos eran de símbolos políticos extremadamente distintos, las charlas terminarían con un amistoso apretón de manos y todos tan contentos, cada uno en su casa y Dios en la de todos…

Pero no, aquí donde los veis, tan amigos, amables y pacientes ellos, Luis y Gregorio llevaban sus pasiones sociales y políticas hasta el extremo de la infamia, el insulto y la comedia…Y, de tratarse de otra época, más de una ocasión hubieran acabado la velada en un solitario duelo a la luz de la luna sobre cualquier descampado…”Esta ciudad no es lo bastante grande para los dos”, ”Hay una serpiente en mi bota”… Y cosas de esas…

Con el transcurrir de los minutos, las horas… Iban dándose cuenta que aquellos que vieron arder naves más allá de orión (recordaban su pasión al cine), habían tenido en la vida destinos semejantes. Sin comerlo ni beberlo (bueno, sí que se lo bebieron) llegaron a la conclusión de que sus respectivas vidas habían sido un estrepitoso fracaso, una continua huida hacia delante en busca de ese bien tan preciado y goloso llamado “felicidad”…

-Siempre es la misma mierda Gregorio… Nos han jodido pero bien…- Se lamenta Luis, con una chistosa pronunciación provocada por el fervor etílico que ya le empieza a adormecer la lengua. Ese “mierda” parece como dicho por un cantate de reggaetoon “la mihma mielda…”.

-¿Qué quieres que te diga…? En el camino hacia Ítaca, son muchos los peligros… Está el cíclope, las sirenas, el furioso Zeus… Pero no hay mayor enemigo que aquel que te manda a la guerra diaria y te envía a cualquier Troya a buscarte las papas. Y no es por un ideal…¡No señor!. Te manda sus ineficacias, sus compadreos… La madre que los parió…En el caso de que sea una sola la madre, que es para cagarse en sus…

-…Bueno, es que este es nuestro sino,picha… Como dijo aquel “Qué buen vasallo fuera si tuviese buen señor…”. Aquí pasa lo mismo, no somos más que carne de cañón, mano de obra… ¡Nos toman por tonto quillo! Y a los cuatro años…¡Venga!...Nos piden que les votemos, y nosotros venga a votarles de nuevo… A los mismos, a los de siempre… Mira sino la rubia esta, que va a llevar veinte años en el mismo sillón. -Luis dijo este último llevándose el último pitillo que le quedaba a la boca con la reprobación de Pepe “el vinagre” que, como siempre, estaba en todas, menos en lo que tenía que estar.

No sé si este humilde narrador ha comentado que uno y otro separaron sus destinos cuando Gregorio tuvo que ir a buscarse la vida fuera, ante la desértica perspectiva de ofertas de empleo y la urgente proclama de búsqueda de nuevos rumbos. Respecto a Luis, había sobrevivido en la ciudad sin pena ni gloria, gracias a un trabajo en una asesoría, donde estuvo más tiempo del deseable contratado como becario en prácticas y el resto trabajando, más que la hormiga del cuento, más mal que bien pagado.
Lo que nos ocupa es que allí estaban, casi únicos parroquianos del vinagre, sopesando los años y poniendo en una balanza las bondades de este mundo en el que les ha tocado vivir, y comparándolo minuciosamente con las maldades. En una precisa aproximación, Luis y Gregorio determinaron que la maldad está muy presente en cada uno de las pinceladas de la vida.

Se dieron cuenta que, al fin y al cabo, no eran tan diferente, y que el paso de los años había pulido sus preferencias y diferencias haciendo de ellos hombres razonables, extrañamente semejantes, con una peculiar visión de la vida más allá de ideología y pasiones. Con la última copa se percataron de que su ideario no respondía más que a sus trabajos y esfuerzos y que parte de sus únicas patrias se encontraban en los restos de esas copas de Jerez y en las marcas sobre la mesa, donde descansan los restos de los buenos ratos entre amigos.

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