No es muy largo el paseo desde la calle Benito Pérez Galdós, donde fui a hacer los trámites, a la calle Ancha. Pero en ese breve espacio físico y temporal a uno le da tiempo recrearse en las pequeñas cosas que hacen que tengas la sensación de que tu ciudad sea un rincón especial en el mundo, con sus virtudes y sus muchos defectos.
La soledad del paseante ayuda a asimilar ciertos recuerdos, ápices de nostalgia escondidas debajo de cualquier adoquín o detrás de cada esquina, entre los macetones de las terrazas o los buzones de las casapuertas gaditanas.
Uno anda cavilando en la injusticia de la historia que, como la vida misma, remueve todo lo que parece indeleble y transforma el esplendor y la juventud en oscuridad y quebranto. Y entre estas cavilaciones vino el nombre de escritor de aquella calle desde la que me trajeron mis pasos, Benito Pérez Galdós, y aquel destino, calle Ancha. Y, para compartir con ustedes, transcribo un trocito del episodio nacional "Cádiz" de Pérez Galdós, en el que se habla de la calle Ancha como el Wall Street de la época. PD: Otro día hablaré sobre lo fascinante que me parecen las palacios que pueblan la calle, que a veces pasan desapercibido entre tanto escaparate.
Desde tal día, el servicio en la Cortadura y en Matagorda me entretuvo algún tiempo, y no me fueron posibles aquellas visitas, ya tristísimas, ya alegres, que hacía a Cádiz; pero al fin, como el asedio no era penoso, disfruté de algún vagar, y un día púseme en camino de la calle Ancha, con intento de resolver allí qué dirección tomar.
Pero en 1811, y después que las Cortes se trasladaron a Cádiz, la calle Ancha, además de un paseo público, era, si se me permite el símil, el corazón de España. Allí se conocían, antes que en ninguna parte, los sucesos de la guerra, las batallas ganadas o perdidas, los proyectos legislativos, los decretos del gobierno legítimo y las disposiciones del intruso, la política toda, desde la más grande a la más menuda, y lo que después se ha llamado chismes políticos, marejada política, mar de fondo y cabildeos. Conocíanse asimismo los cambios de empleados y el movimiento de aquella administración que, con su enorme balumba de consejos, secretarías, contadurías, real sello, real estampilla, renovación de vales, medios, arbitrios, etc., se refugió en Cádiz después de la invasión de las Andalucías. Cádiz reventaba de oficinas y estaba atestada de legajos.
Además, la calle Ancha obtenía la primacía en la edición y propaganda de los diferentes impresos y manuscritos con que entonces se apacentaba la opinión pública; y lo mismo las rencillas de los literatos que las discordias de los políticos, lo mismo los epigramas que las diatribas, que los vejámenes, que las caricaturas, allí salieron por primera vez a la copiosa luz de la publicidad. En la calle Ancha se recitaban, pasando de boca en boca, los malignos versos de Arriaza, y las biliosas filípicas de Capmany contra Quintana. […]
[…] En la calle Ancha, en suma, se congregaba todo el patriotismo con todo el fanatismo de los tiempos; allí, la inocencia de aquella edad; allí, su bullicioso deseo de novedades; allí, la voluble petulancia española con el heroico espíritu, la franqueza, el donaire, la fanfarronada, y también la virtud modesta y callada. Tenía la calle Ancha mucho de lo que llamamos salón de conferencias, de lo que hoy llamamos Bolsa, Bolsín, Ateneo, Círculo, Tertulia, y era también un club.
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