jueves, 17 de marzo de 2011

Aquellos jóvenes de Benaocaz




Han pasado siete años, poco queda de aquel abrevadero que manaba agua para los ovejas y que nos servía de baño en el caluroso crepúsculo, el cuartel abandonado aún conserva su fantasmagórica figura y los árboles siguen dando la bienvenida a senderistas y amantes de lo natural con una dignidad y templanza propia del ser vivo rural, sea este animal o planta. Y es que ya lo decía aquel: “La ciudad, lo que es la ciudad, ha amariconado al hombre“ (y a la mujer, se entiende). De nuestra hoguera no queda ni rastro, el orine que sirvió para apagarlas se ha fundido con tierra y cenizas y dentro de miles de años formarán esa masa petrolífera que nadie sabrá ni lo que es ni para qué leches sirve. Menos aún queda del surco dejado por nuestras piquetas en el que fue nuestro destartalado hogar en aquel fin de semana…

Un grupo de compañeros va a recoger leña adentrándose por los laberínticos senderos, otros exploran el cuartel abandonado de la benemérita, ese grupo de ahí intenta encender una hoguera con lo poco que tiene, cada cual intenta construir su pequeño hogar, los más holgazanes empiezan ya a tocar la guitarra carnavaleando con pasodobles de Martínez Ares… y los hambrientos a horas tan tempranas de la tarde trincan algo de la comida de aquellos tres días…

Gente joven en su plena juventud, enhiestos ante la vida, mirándola con ojos de águila, con la típica mirada prepotente en aquella etapa de la vida, con ganas de comerse el mundo y lo que no es el mundo, sedientos de progreso, sin más preocupación que la del estudio diario, preparar la mochila para el día siguiente, o la siempre digna ocupación de labrarse un futuro esperanzador para algunos, inciertos para otros… Sabíamos que la vida era bella, pero sospechábamos a veces que tambien podía ser bestia y que las películas de Disney son eso, películas.

Ese fin de semana se hizo una pausa en lo cotidiano, dejamos por unos días la madera del escritorio y la silla y la cambiamos por la madera viva y palpitante de los árboles. Se olisqueba en al ambiente que esa fábrica de hormonas y testosterona que éramos lo estaban pasando bien y estaban en su ambiente, como una manada de caballos de pura raza sueltos en un valle, como un anuncio de compresas pero sin que pudiéramos oler las nubes, como Sánchez Dragó en un concierto de Justin Bieber…

Estábamos en las puertas de la selectividad y la vida pronto nos iba a dejar en un cruce de caminos, teníamos que decidir cuál tomar. El bachillerato se acabada y la decisión sobre qué hacer con nuestras vidas no era nada fácil para algunos, pero éramos jóvenes, nuestras fuerzas se nos desparramaban por los poros y ni una banda compuesta por Chuck Norris, Bud Spencer y el negro del equipo A podía pararnos. Creíamos que esa decisión era difícil, incluso nos estresábamos cuando terminamos la selectividad, sabíamos que lo elegido iba a cambiar el rumbo de nuestras vidas, teníamos que tomar el camino correcto. Con diecisiete, dieciocho años, la vida nos ponía ante nuestras narices una decisión importante, la más importante, creíamos…
Pasado el tiempo, las hojas de los apuntes, el paso por la facultad, dejando atrás los sueños en la cama o a la orilla de una playa, nos damos cuenta que la vida es algo más que elegir caminos, algo que ya sospechábamos mucho antes. No solo se elige, como dije, un camino, se elige la forma de tomarlos: si cogemos autobús, bicicleta o vamos andando. Se elige también la compañía con la que queremos recorrerlo, cómo ir vestidos, cuándo descansar… Y te das cuenta, además, que conforme se avanza en el camino, este se hace más llano, más cuesta arriba dependiendo de las circunstancias, del tiempo, y de la circulación incluso…

Lo que es verdad es que a estas alturas del camino a algunos nos está cayendo un chaparrón de aupa,nos están dando la del pulpo Paul, el viento nos viene de cara, algunas personas se han quedado atrás, otras han decidido ganar terreno y espera en una venta y te saludan desde ellas a lo lejos, con su cervecita y su bocata de tortilla…
Pero ¿Saben qué? Puede llover todo lo que quiera, el viento puede hacerme caminar más lento, pero este que escribe, no se para y me consta que muchos con los que compartí aulas y fatigas tampoco, y por allí andan, cada uno en lo suyo, echándoles huevos a esto que algunos llaman existencia. El camino hará que nuestras piernas sean más fuertes.

La bipolaridad del mundo. En ese bucólico lugar, metáfora de la juventud, todo era felicidad visto desde el prisma del tiempo. Los pocos problemas se quedaron en la ciudad, se demostró que un grupo humano podía pasar unos días en armonía, organizadamente sin leyes ni normas y sin putas economías ni bolsas de valores. Los único parados eran las piedras. Y pasados esos días de nuevo vuelta a la ciudad, al jaleo, las obligaciones las prisas y el estrés, al analgésico refugio de la lectura, el deporte o el amor.

Han pasado, en fín, solo siete años desde aquello, pero qué años… La vida ha cambiado, creíamos que este país era rico, que nuestro puesto en la sociedad estaba garantizado con tan solo ponerle un poco de ganas e ilusión, pero nada más lejos. Esos chavales de suerte dispar siguen construyendo un futuro, siguen formándose en este mundo cada vez más competitivo e injusto, saben que los años de estudios(universidad, compromiso, dedicación e.t.c) no serán en vano, y algún día verán aquella etapa en la que cada uno cogió su maleta cargada de sueños, como el inicio de un largo y feliz viaje. Yo, de momento, sigo tomando biodramina para las curvas.

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