martes, 12 de abril de 2011

Patriotismo




Muchas acepciones puede tener la palabra patria, tantas como personas existen. Para algunos la patria es una bandera, una tierra... Para otros algo más...
Gabriel Araceli, protagonista de los «episodios nacionales» de Galdós define lo que es para él la patria, lo que a su corazón llegó justo antes de entrar en combate contra los ingleses en la Batalla de Trafalgar, cerca de las costas de Cádiz. Sin más comentarios, os dejo el fragmento de la novela:

Por primera vez entonces percibí con completa claridad la idea de la Patria, y mi
corazón respondió a ella con espontáneos sentimientos, nuevos hasta aquel momento
en mi alma. Hasta entonces la Patria se me representaba en las personas que
gobernaban la nación, tales como el rey y su célebre ministro, a quienes no
consideraba con igual respeto. Como yo no sabía más historia que la que aprendí en
la Caleta, para mí era de ley que debía uno entusiasmarse al oír que los españoles
habían matado muchos moros primero, y gran pacotilla de ingleses y franceses
después. Me representaba, pues, a mi país como muy valiente; pero el valor que yo
concebía era tan parecido a la barbarie como un huevo a otro huevo. Con tales
pensamientos, el patriotismo no era para mí más que el orgullo de pertenecer a
aquella casta de matadores de moros.




Pero el momento que precedió al combate comprendí todo lo que aquella divina
palabra significaba, y la idea de nacionalidad se abrió paso en mi espíritu,
iluminándolo, y descubriendo infinitas maravillas, como el sol que disipa la noche y
saca de la oscuridad un hermoso paisaje. Me representé a mi país como una inmensa
tierra poblada de gentes, todos fraternalmente unidos; me representé la sociedad
dividida en familias, en las cuales había esposas que mantener, hijos que educar,
hacienda que conservar, honra que defender; me hice cargo de un pacto establecido
entre tantos seres para ayudarse y sostenerse contra un ataque de fuera, y comprendí
que por todos habían sido hechos aquellos barcos para defender a la Patria, es decir,
el terreno en que ponían sus plantas, el surco regado con su sudor, la casa donde
vivían sus ancianos padres, el huerto donde jugaban sus hijos, la colonia descubierta y conquistada por sus ascendientes, el puerto donde amarraban su embarcación fatigada del largo viaje, el almacén donde depositaban sus riquezas; la iglesia,sarcófago de sus mayores, habitáculo de sus santos y arca de sus creencias; la plaza,recinto de sus alegres pasatiempos; el hogar doméstico, cuyos antiguos muebles,transmitidos de generación en generación, parecen el símbolo de la perpetuidad de las naciones; la cocina, en cuyas paredes ahumadas parece que no se extingue nunca el eco de los cuentos con que las abuelas amansan la travesura e inquietud de los nietos; la calle, donde se ven desfilar caras amigas; el campo, el mar, el cielo; todo cuanto desde el nacer se asocia a nuestra existencia, desde el pesebre de un animal querido hasta el trono de reyes patriarcales; todos los objetos en que vive prolongándose nuestra alma, como si el propio cuerpo no le bastara.

Yo creía también que las cuestiones que España tenía con Francia o con Inglaterra
eran siempre porque alguna de estas naciones quería quitarnos algo, en lo cual no iba
del todo descaminado. Parecíame, por tanto, tan legítima la defensa como brutal la
agresión, y como había oído decir que la justicia triunfaba siempre, no dudaba de la
victoria. Mirando nuestras banderas rojas y amarillas, los colores combinados que
mejor representan al fuego, sentí que mi pecho se ensanchaba; no pude contener
algunas lágrimas de entusiasmo; me acordé de Cádiz, de Vejer; me acordé de todos
los españoles, a quienes consideraba asomados a una gran azotea, contemplándonos
con ansiedad; y todas estas ideas y sensaciones llevaron finalmente mi espíritu hacia
Dios, a quien dirigí una oración que no era Padrenuestro ni Avemaría, sino algo nuevo
que a mí se me ocurrió entonces. Un repentino estruendo me sacó de mi
arrobamiento, haciéndome estremecer con violentísima sacudida. Había sonado el
primer cañonazo.

1 comentario:

  1. El patriotismo no debe ser solo una cuestión ideológica o sentimental, sino algo práctico: la voluntad de asegurar la igualdad y la justicia a todos los que en este país vivimos. No es justo que ni unos ni otros se apoderen de este término pervirtiendolo. Si todos tenemos un poco más de conciencia de lo que podemos hacer, de lo que valemos, podemos cambiar las cosas.

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