sábado, 23 de abril de 2011

Tengo un amigo capillita...

Tengo un amigo que estos días anda un poco triste, y es que tan gadita y cofrade cómo es él, no pudo reprimir la impotencia de no poder salir con su cristo y su virgen porque ese día le dio por llover… “Un año esperando…”. Así es la vida, mala suerte, la lluvia forma parte del juego.
Este amigo es muy creyente, tanto cree en la salvación eterna que ha puesto como tono en el móvil una marcha de semana santa y cuando se aproxima las fechas perfuma su casa con ese olor tan aromático como es el del incienso. Debe ser tan creyente cuando relaciona semana santa y religión de una manera tan visceral que le resulta imposible contemplar ambas cosas desde distintos prismas. Lo que no sabe este colega es que Dios, si de verdad existe, debería estar allí arriba revolviéndose ante tal despliegue de hipocresía que inundan estos días.

Y es que si conoces a algún capillita o cofrade y estudias su día a día te darás cuenta que en la mayoría de los casos, y en la mayor parte del año y salvo escasas excepciones, su recuerdo a Dios se limita a un “Ay Dios mío” o a un “Jesús” cuando alguien estornuda. Fuera de ahí, no pisa ni misa ni sus colindantes excepto en bodas o comuniones, se les escapa algún que otro mandamiento y los mandatos de piedad, fidelidad, compasión, amor e.t.c hacia el prójimo se los pasan por la pila bautismal, no sé si me explico.

Tengo que decir que respeto todas las creencias y tradiciones. De hecho, dentro del folclore popular, la semana santa goza de mi simpatía al no tener la necesidad, para su festejo, ni de maltratar a ningún animal ni de llenar las calles de miles de botellas vacías. Además, como patrimonio cultural e histórico, me resulta interesante ver esas auténticas obras de artes pasear por los casos históricos de las ciudades…
Lo que no es de recibo es esa cierta hipocresía de la mayor parte de público y hermanos cofrades, ni esas lágrimas de cocodrilo. Lo siento pero no, no me la trago, y tengo mis motivos…




Hace algunos años, un amigo mío era hermano de una cofradía de Cádiz de cuyo nombre no quiero acordarme, lo sigue siendo hoy día . El lamentable estado de las paredes de la capilla de la citada hermandad hacía necesaria una inmediata mano de pintura. Tras pedir la colaboración de los hermanos cofrades a ayudar, ante la maltrecha economía de la hermandad y la consiguiente imposibilidad de contratar mano de obra cualificada, ninguno accedió . A la llamada acudió mi amigo, que no sé si por eso llega a ser un poco cándido o no. Lo cierto es que, yo sin ser creyente ni falta que me hace, me ví en esas de ayudarle cuando tan amigablemente me lo pidió. ¿Cómo negarle la ayuda a un gran amigo?

Y allí estábamos los dos, picando paredes, subiéndonos a andamios con escasas medidas de seguridad, a más de cinco metros del suelo con la única motivación del trabajo bien hecho y escuchando al tesorero, hermano mayor de la cofradía y a la madre que los parió de cháchara y cachondeo en la sacristía. Allí se estaba bien, en esa pequeña capilla de Cádiz, pasando las horas entre charlas cuyas palabras rebotaban en capiteles y bóvedas; él con la sensación de estar haciendo una buena obra que le llevase directo al cielo y yo contribuyendo al mantenimiento del patrimonio cultural de mi ciudad, a mi manera y, ¿por qué no decirlo?, por si acaso, por si resulta que lo del cielo al final iba a ser verdad.
Lo que estoy seguro es que esos hermanos de la cofradía, que esos días estaban en sus casas con el messenger o en la playa o el campo o dando una vuelta con sus familiares o amigos, lloraron a los pocos meses cuando su cristo no salió y con golpes de pecho maldecían el mal tiempo y a quien haya mandado llover ¿Castigo divino? Y allí estaba el cristo, en su capilla recién pintada, mirando de soslayo a esos hermanos que meses antes le habían abandonado y alzando la vista al cielo pidiendo a su padre: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen…”

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