viernes, 11 de noviembre de 2011

Maldita madre patria

Recordaba su tierra con un sereno estoicismo y una nostalgia que sus ojos no podían reprimir. Su tono de voz se quebraba cada vez que hablaba de ese hogar a dos pasos de la playa, en una de aquellas pequeñas islas que salpican el mar.
Uno más de tantos, uno de los expatriados de su tierra, que engrosaban la lista de los empleados de aquel colegio de negocios de Greenwich en el que tuve la dicha de trabajar.
En un inglés de muy fácil comprensión y un acento tan semejante al español que podía pasar por un cañí, Stavros, ese joven griego de 26 años, trabajaba como el que más, entre teléfonos, ordenadores y retoños de la pérfida Albión.
Formábamos un buen equipo: él con sus galones por llevar más tiempo, y yo, ese becario venido de una ciudad que tenía el mismo nombre que una de las salas de la escuela; cumplíamos órdenes de Bryan, aquel gran y bonachón jefe que sabía apreciar el trabajo bien hecho, un profesional cuyo desempeño debería aparecer en los manuales sobre gestión empresarial. Otro día hablaré sobre lo bien que es cuidado un becario en una tierra que ni siquiera es tuya (como Reino Unido) y la infame situación de un becario en muchas empresas españolas...



Al contrario de lo que creía,Stavros no solía tomar yogurt griego de postre, ni solía romper los platos al acabar, al igual que a mis compañeros les chocaban que yo no viniese vestido de torero ni me pusiese a tocar la guitarra en mi tiempo de descanso. Era un tipo normal, muy parecido a cualquier amigo español que pueda tener. Era, en definitiva, mediterráneamente como un hermano.

Comentábamos la actualidad con resignación, pero con ese punto de esperanza que encierran los corazones que no se rinden, que luchan hasta el último cartucho aun cuando los caníbales rodean tu caseta. Tenía ganas de volver, pero su vida, su trabajo, su mujer...estaban en Londres, en aquel barrio de las afueras, uno de los lugares más emblemáticos que he conocido en mi vida, donde el meridiano 0 saluda al mundo.

Como he dicho, no es más que uno más, uno de tantos, que dicen adiós a una ingrata tierra, a esa madre patria que despide a sus hijos tras la bruma de la indiferencia.
Viendo a mi amigo, mi compañero, ejerciendo su profesión con denuedo, con tan notable lealtad a esa institución, resulta chocante pensar cómo alguien así puede ver frustrado sus sueños, su derecho a vivir y trabajar por su tierra. Quizás de esta situación venga el que Grecia se halle al borde del abismo, quizás la salida de la élite, de los mejores, provoque que a ese pequeño país Heleno le vayan tan mal las cosas. Es como una bestial pescadilla que se muerde la cola. Las cosas van mal, se van los mejores, y se ponen peor... Ley de vida, ley de un país que no cuida el talento.

Quizás les resulte muy parecido el caso español. Estoy seguro que si seguimos esta tónica, a este país se aproximan años de sufrimiento y penurias. Un país que no cuida a sus buenos hijos, los capaces de aportar trabajo y conocimiento, es un país condenado al fracaso, a la precariedad y al olvido.
Cada licenciado, diplomado, doctor... que traspasa la frontera, es una inversión perdida, un dinero tirado al mar, y unas rentas futuras que se diluyen en el viento. Por no contar el incontable menoscabo en ideas, cultura...
La torpeza de esta sociedad, de estos gobiernos,empresarios... es no reconocer el talento, anteponer el ladrillo y el dinero a la ideas, al futuro. Y mientras esta maldita madre patria nos siga poniendo las maletas en la puerta, aquel hijo que cruce el portal se sentirá frustrado de por vida, desarraigado de una tierra que jamás volverá a ser suya.

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