martes, 30 de agosto de 2011

Concurso literario con Fernando Iwasaki

He rescatado de mi disco duro este pequeño relato con el que participé en un concurso literario organizado por el Diario de Cádiz y la delegación municipal de cultura. El relato no estuvo a la altura de los ganadores, pero el rato que pasé en la lectura de mis contrincantes, escuchando a Fernando Iwasaki y los libros que la delegación municipal de cultura tuvo el detalle de regalarme hizo que la participación en él mereciese la pena. Mereció la pena también el buen rato que el menda, que tiene mucho que aprender, pasó en la redacción del texto que espero que tambien disfruteis.

Ese día, además, tuve la oportunidad de conocer al propio Fernando Iwasaki. Su trato amable y cercano permitió que no me diese ningún tipo de rubor el pedirle a que accediera a ser grabado en este video de apoyo a la candidatura a la alcaldía de Cádiz por UPyD de Manuel Pérez Fabra:



Bajo el título de "el genio de la tarta" el concurso consistía en la continuación de un texto que el escritor Fernando Iwasaki comenzó a redactar. Como no puedo copiar aquí el breve texto, os dejo un enlace a las bases de la convocatoria y al texto por si quieren seguir el hilo de la historia.

http://media.grupojoly.com//0000801000/0000801138.pdf

Bien, el texto que presenté al concurso fue el siguiente:


«¡Mojaméeee!» Y dale con Mojamé... Yo no me lo quería imaginar allí, tan digno él, contorneando su cuerpo entre mujeres jóvenes y ávidas de fiesta... «Mojamé, maldito seas, que deberías estar tú aquí», pensé justo antes de que aquella voz volviera a martirizarme el oído: «osea, osea, osea ¡Que fuerte!» decía. No había duda, allí estaba yo, en la reunión de las madres del AMPA de un colegio pijo. Esa voz que volví a escuchar me recordó viejos tiempos, algo lejanos por cierto, pero ese tono se mantenía tan chirriante como solía, cuando pasaba tardes enteras en mi casa, en conversaciones sin fin con la madre que me parió sobre lo dura que es la vida y lo difícil que resulta vivir en un país donde los zapatos que has visto por la tele son difíciles de encontrar en una determinada tienda exclusiva...

Y es que la señora de la que os hablo era una pija de cuidado… Pero no una pija de las de «osea», que también, sino una pija de las que le ponen a su hijo Borjamari, colega mío de la infancia. Este Borjamari daría lo que fuera por verme aquí humillado, en un baile erótico frente a las correligionarias de su madre, con la música tecno de Aladdín. Por cierto, que no me hubiera venido nada mal pillar la alfombra voladora de ese gachó, por tal de quitarme de enmedio y ahorrarme la humillación posterior de esa pija arcaica comentando a mi madre el desaguisado en el que se había metido su hijo...

«¡Vamos hombre!» Se escuchó otra voz... Me negaba a salir, quería que la tierra me tragase de una manera súbita, tarta incluida. Pero la única forma de que algo se tragase una tarta entera es haber invitado a Falete a la fiesta, pero este no acudió. Sabía que podía ser el fin de mi dignidad como persona humana, nadie en el barrio iba a verme con los mismos ojos, como se mira a ese niño acomodado de una familia sin apuros. Ni siquiera aquel perro del vendedor de la ONCE me ladraría más, simplemente se reiría de mí, con una pata en el pecho, imaginándome con ese tanga que tuve la dicha de ponerme aquel día.

Los apuros, efectivamente, los tenía, como pueden apreciar. Necesitaba ganarme unas pelas… El BMW que había en el garaje de mi casa no se pagaba solo y el sueldo que me daban como becario en aquella empresa de distribución no daba ni para las ruedas... Siendo gogó me quitaba de algún que otro apuro económico, al sueldo base había que sumarle las propinas que las señoras me dejaban en mi tanguita de oro y grana con mucho cuidado para que la pedrería no deteriore esos billetes de veinte o de cincuenta... Claro ¿Que quieren? Siempre trabajaba para un público exclusivo.
Exclusivo o no, la situación en la que me encontraba me venía grande… Seguí en la tarta y se me ocurrió algo que podía hacer que me anonimato continuara siendo un hecho: decidí romper el cartón-piedra de la tarta desde dentro, sacar una mano para agarrar un montón de merengue y restregármelo por la cara para que esa amiga de mi madre no me reconociera. «Mira por donde el merengue va a sacar de un apuro a un culé como yo», me dio tiempo de pensar con sorna. Procedí, y nada más agujerear la pared de la tarta un griterío enorme irrumpió en la sala con gran estrépito «Aaaaaaah, osea, ¡Va a salir!». No contentas con esperar a cómo se decantaba la situación, las hijas de Lacoste me agarraron la mano y ví como la tapa de la tarta se desplazaba peligrosamente dejando entrar así un halo de luz, como una premonición divina. «Maldita sea», exclamé, y en un afán por conservar mi dignidad salté estrepitosamente con una fuerza desmedida, de tal forma que, lejos de agarrar la tapa, la empujé hacia fuera golpeando la cara de la señora que procedía a abrirla... El jaleo que se formó en la sala fue de órdago, con mi cara tapada por el merengue, intenté salir de la tarta, mi pie de apoyo resbaló y dí con todo mi ser en el suelo, junto a la señora que golpeé sin querer queriendo, no sin ante llevarme conmigo media tarta, que nos cayó encima, poniendo así perdida la moqueta...

Allí estaba yo, medio en bolas, lleno de merengue y con un grupo de señora dispuestas a apalearme vivo. Entre palos, bolsazos de Tous y arañazos con uñas de nácar, recuperé como pude la verticalidad y me dispuse a enfilar la salida para escapar lejos de esas mujeres del demonio... Mal calculé la salida...En el jardín que intentaba atravesar me esperaba un perro enorme, de los que es difícil conseguir caseta de su medida, ni en Polanco los hay... Me encontré al can de bruces, mirando mi merengado cuerpo y relamiéndose los labios... Antes de decir «piernas ¿Para qué os quiero?» ya tuve al chucho encima, sin posibilidad de escapar, y antes de darme la vuelta, me asestó tal mordida en la entrepierna que me arrancó parte del tanga, pedrería incluida, entre otras cosas... Desde ese día soy otro hombre, mejor dicho otro medio-hombre: Ya no pasé más apuros económicos porque el peculiar tono de voz que se me quedó me permitió conseguir un trabajo entre los niños cantores de Viena.

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